Ciudadano del siglo XXI

Ciudadano del siglo XXI

por Alexsandro M. Medeiros y Alexis Guerra

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publicado en: fev. 2020

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            El ser humano da sus primeros pasos en el siglo XXI y hoy su mundo está marcado por una intensa crisis. Su vida diaria está marcada por la crisis laboral, las desigualdades sociales, la inmigración, la xenofobia, la violencia, el consumo, los neonazis, el calentamiento global, la crisis del petróleo, la crisis del agua, en definitiva, la crisis de la sociedad humana. Pero, no debemos olvidar que sigue siendo el actor transformador de su propia historia. En su condición de ciudadano, está la perspectiva del cambio, de la revolución, en su vida cotidiana traducida por la dinámica de las relaciones sociales, estableciendo una posibilidad de convivencia entre diferentes personas. Así, en la construcción de su praxis, basada en la lucha y los conflictos sociales que impulsan sus logros, busca un mundo ideal. Cada momento de la historia contó con la participación de este actor, el ciudadano. Hoy no podría ser diferente.

           Es necesario considerar que la ciudadanía es algo construido en la vida cotidiana de los seres humanos y que, si no nos educamos, pensamos y reflexionamos, se nos manipula fácilmente. Es en el acto de ciudadanía y su reflexión que ésta se construye.

           Partiendo de la visión aristotélica, diríamos que la definición más correcta para este nuevo ciudadano del siglo XXI es el zoon politikon, o animal político. Aislados, el razonamiento o la socialización no proporcionarían las condiciones necesarias para su supervivencia; es en la conjunción de estos dos factores, junto con el poder del debate a través de la discusión y el derecho a hablar, que comienza su historia. Ser ciudadano en la concepción aristotélica implica que no basta simplemente con ser un hombre libre; también es necesario tener cualidades que estén de acuerdo con las designaciones del Estado, con lo que lo constituye como tal y que deben ser obedecidas.

       La imagen que tenemos del filósofo Sócrates también nos ayuda a comprender cómo podemos ejercer nuestra ciudadanía. La imagen imperante de Sócrates

es la de un filósofo en acción y, sobre todo, de la acción: un ciudadano que ha actuado sobre otros ciudadanos hablando, conversando y discutiendo con ellos; un ciudadano que apoyaba y defendía la palabra hablada, viva (frente a la palabra escrita, que consideraba muerta), como medio de acción en y para la polis (GOTO, 2010, p. 114 – traducción nuestra).

          Si, por un lado, Sócrates se abstuvo de la política de Estado, por otro lado, asumió la tarea de exhortar a los atenienses a buscar la verdad, la sabiduría y la virtud: “parte de la misión en la que se consideraba investido y que hacía exhorta a sus conciudadanos a buscar la  areté [virtud]. En estos casos, precisamente, los educó políticamente con la acción, con el ejemplo, más con los actos que con las palabras” (GOTO, 2010, p. 113 – traducción nuestra).

          Sócrates no fue un animal político en el sentido estricto del término, uno que participa en la administración de la ciudad, sino en un sentido amplio, como ciudadano de la polis, “de su convivencia con los conciudadanos, que necesariamente incluye el trabajo socrático con los valores y los conceptos, a la vez que éticos y epistemológicos” (GOTO, 2010, p. 113 – traducción nuestra).

         La acción de Sócrates es una acción propia de una sociedad democrática. Con su retórica y oratoria, insta a los ciudadanos atenienses a actuar de una forma y no de otra. Sócrates pone en práctica su libertad de expresión. No hay una filosofía que esté más acorde con una sociedad democrática que la filosofía socrática:

que en realidad no contiene nada, ninguna doctrina, ninguna escritura, excepto una práctica, una acción que se realiza a través del habla, abriendo un espacio en medio de los prejuicios a través del trabajo de "interrogar, examinar y confundir" (ibídem, 29e), manteniéndose siempre abierta, ya que al final no dice nada, solo que no sabe nada ... (GOTO, 2010, p. 120 – traducción nuestra).

            Sócrates fue un modelo de filósofo público, de la plaza pública, que ejerce la filosofía como ejercicio de ciudadanía, una acción ciudadana y una práctica democrática.

            Puede que este procedimiento no sea del agrado de todos, como le sucedió a Sócrates, que por tanto fue condenado a muerte. Las acusaciones contra Sócrates de impiedad, ateísmo o corromper a la juventud fueron solo una cortina de humo: “Meletus, Anito y Licon unen fuerzas para atacar a Sócrates porque se toman el dolor de aquellos a quienes había sometido a su interrogatorio inquisitivo” (GOTO, 2010, p. 118 – traducción nuestra).

La tesis que Sócrates presenta y sostiene de la apología platónica a lo largo de su defensa, inalterable e inquebrantable, es el procedimiento que adopta en el cumplimiento de su misión, y  que suscita “la calumnia y el rencor de tanta gente” (Defensa de Sócrates, 28a). También es el procedimiento para los conciudadanos a los que él apunta, "andando en cualquier lugar", tratando de persuadirlos, a "jóvenes y viejos, para que no cuiden tan afanosamente del cuerpo y de la riqueza, como de mejorar el alma tanto como sea posible" (ibid., 30). Asimismo, fue su actuar y procedimiento el que desmentía que pudiera ser impío o corromper al joven, ya que su práctica investigadora estaba al servicio del dios Apolo y él, Sócrates, "nunca" fue "maestro de nadie" (ibid., p. 33a) (GOTO, 2010, p. 118 – traducción nuestra).

            Sócrates tenía esta tarea como parte de una misión, tarea que le encomendó el dios Apolo: “al hacerlo, contribuye al bien de la polis, a pesar de la oposición y el odio que muchos ciudadanos le manifestaban; así ejercen su ciudadanía, públicamente, no vulnerando las leyes de la ciudad” (GOTO, 2010, p. 121 – traducción nuestra).

              Filósofos como Sócrates, Platão, Aristóteles, Rousseau y Karl Marx entendieron que el hombre es un ser social. Y hoy sabemos que este ser social está dotado de derechos fundamentales, que le permiten ser activo en la sociedad. Así, como agente social, debe tener asegurados ciertos derechos, como los derechos políticos, sociales y económicos, que lo convierten en un actor en la historia de su ciudadanía. El hombre, a lo largo de la evolución de las relaciones sociales, se ha visto transformado en “cosa”, siendo utilizado como esclavo, sirviente o incluso más tarde, a través del trabajo remunerado, ha vivido todavía en condición de ser explotado.

            La condición de ciudadanía es política, no una política ideológica, sino aquella que es constructora de la expresión humana. Pero la perspectiva de una “nueva” ciudadanía es que se convierte en participante (ciudadanía participativa -como en el ejemplo que tenemos de Sócrates- dentro de un modelo de Democracia Participativa) no solo en el ámbito de la política, sino también involucrada en la preservación del medio ambiente, la solidaridad entre los pueblos, la tolerancia religiosa y racial. La ciudadanía del siglo XXI necesita ética (ver más en: Ética y Política) y esperanza para que realmente pueda haber una transformación real que afecte a todos en el presente y en las generaciones futuras.

            Cabe destacar que la ciudadanía no puede entenderse como una condición estática, definitiva o acabada. Es dinámico y en constante construcción; así como el mundo no se detiene, ella debe ser la representación de ese mundo. Las transformaciones tienen una alta probabilidad de éxito cuando los ciudadanos son parte de su proceso. El dinamismo de la sociedad implica un proceso transformador con el ciudadano jugando su rol, bien definido y asumido.

            La ciudadanía se materializa en la participación efectiva (que presupone responsabilidad y asunción de la colectividad) y en el goce de los derechos individuales y sociales. La participación se vuelve real cuando adquirimos la conciencia de que el bien común es garantía del individuo. Por tanto, es fundamental escuchar a la sociedad organizada: Movimentos Sociais, sindicatos, partidos, organizaciones sociales, Organizaciones No Gubernamentales (ONG), procesos electivos, etc., teniendo la representación como forma de acción política en la que la colectividad se sobrepone a lo individual.

            El individuo que se anula ante la comunidad no participa del proceso, no asume su rol de actor social, carece de un mínimo de cultura política necesaria para dar a conocer el proceso del que es parte. Necesita reflexionar sobre quién es y a qué grupo pertenece. Cuando realmente te encuentras como ciudadano participante de una sociedad, o eres consciente de que tu participación eres importante en la construcción de esa sociedad, dejas de anularte para participar en ella.

            Al reflexionar sobre la construcción de una nueva ciudadanía del siglo XXI, nos damos cuenta de que se trata de una construcción histórica de la representación social y política de nuestra cultura occidental. Vivimos en crisis, es cierto, pero después de todo, ¿cuándo no ha estado el ser humano en crisis? Esta manifestación de insatisfacción no es más que la marca de un momento histórico: crisis de la fe, crisis de la libertad, crisis de la ciencia, crisis de la razón, en fin, crisis humana. Sin embargo, el ser humano ha sobrevivido a todas las crisis a las que ya ha sido sometido y (re) construyó el mundo en el que vive. Y la perspectiva de un nuevo siglo trae también la esperanza de una nueva propuesta humana.

 

Ciudadanía y evolución

            Obviamente se requiere un cambio de rumbo en el que este ciudadano es protagonista, ayudando a moldear una sociedad mejor, pero también influenciado por esta misma sociedad en desarrollo. “Vivís para conquistar una conciencia cada vez más vasta”, dice Pietro Ubaldi en La Gran Síntesis. Está conciencia se afianza cada vez más en lo ético, en la comprensión de que las confrontaciones son pérdida de recursos para todos y que el camino de la unidad y la cooperación entre personas, sociedades y países es el rumbo cierto para un mundo mejor. En la medida en que la evolución ha impulsado los cambios sociales los individuos han constatado que unirse a otras personas es más ventajoso y es que “no existe el individuo aislado como tal, sino que las comunidades funcionan porque nos encontramos conectados los unos a los otros, somos seres dependientes y nuestra vulnerabilidad nos permite apreciar la importancia que tienen valores como la justicia, la felicidad y la cooperación” (CORTINA, 2013)

            Para llegar a este nuevo orden social, más amplio, se requiere de la voluntad de cambio o como lo refiere Kant, buena voluntad, que para el filósofo alemán es aquella cuyas máximas, al ser transformada en ley universal, no puede nunca contradecirse, es decir, se rigen por el “Imperativo Categórico, es voluntad moral” para fortalecer la interacción cotidiana entre el Estado y la ciudadanía, y entre los ciudadanos entre sí, desde la participación de la población, que genera la mayor posibilidad de experiencia compartida y de reconstrucción de la experiencia individual y colectiva

            Estos conceptos conducen a una definición aún más precisa y más necesaria, que puede denominarse como  cultura de la ciudadanía o cultura cívica y que es “viable solamente en una democracia, que es la que instituye derechos para la apertura del campo social a la creación de derechos reales, a la ampliación de los derechos existentes y a la creación de nuevos derechos…fortaleciendo la convivencia, intensificando las libertad y la solidaridad, fortaleciendo las capacidades humanas, la exigencia y ejercicio de los derechos, la integración, la igualdad social, y la voluntad de participar en los asuntos públicos, generando acuerdos que tramitan los conflictos de manera creativa a partir de diálogos de saberes” (CHAUI, 2008).

            Esta cultura ciudadana se puede consolidar a través de la educación como factor primordial, junto con el ejemplo, o el modelaje de los actores principales de una sociedad. Víctor Martín señala que es “particularmente desde la educación y la política – que, como afirmaba Aristóteles, van de la mano a la hora de construir polis: es decir, convivencia – que se plantea con fuerza la necesidad de desplegar esfuerzos reflexivos, estrategias creativas y prácticas efectivas para construir cultura de paz que posibilite convivir en la diversidad” (MARTÍN, 2008). Con estas herramientas, con cultura ciudadana y con conciencia de igualdad de derechos y de deberes, de la responsabilidad de participar en la sociedad, este nuevo actor social que va surgiendo construirá este mundo mas justo y más armonioso para beneficio de todos.

 

Referência

CORTINA, Adela. (2013). ¿Para qué sirve realmente la ética?  Paidos. Madrid, España.

CHAUI, Marilena (2008). Cultura y Democracia. Cuadernos de pensamiento crítico latinoamericano. Numera 8/ Junio de 2008.

GOTO, Roberto (2010). O cidadão Sócrates e o filosofar numa democracia. Pro-Posições, Campinas, v. 21, n. 1 (61), p. 107-125. Acesso em: 28 jul. 2019.

MARTÍN, Víctor (2007). Ética, educación y construcción de convivencia. Revista Educación en Valores. Universidad de Carabobo. Julio-Diciembre 2007 Vol. 2 Nº 8.

UBALDI, Pietro (1972). La Gran Síntesis, IPU Venezuela, Maracaibo.

 

 

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