Participación ciudadana

Participación ciudadana

por Alexis Guerra

publicado en: dez. 2021

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            Para dar respuesta a las preguntas sobre la democracia deliberativa (vea el texto: Democracia Deliberativa) hay que considerar que la democracia no es sólo una actividad política, es también una construcción de los ciudadanos y, para que ésta exista y para que la comunicación y la deliberación sean realmente efectivas, debe haber cultura democrática.

            Esta cultura democrática se alimenta de un asunto fundamental, y es la conciencia ética, tanto de los dirigentes políticos como de los ciudadanos.

            Si bien, la cultura es entendida como un aprendizaje nacido de la experiencia social en la que se adquieren creencias, valores y costumbres; la cultura política, le permite al individuo construir su percepción de lo político y normar su comportamiento en la sociedad. “Se trata de símbolos, normas, valores, creencias, mitos o ideales que orientan y dan significado al comportamiento de una población respecto de sus instituciones de gobierno, de los actores políticos y de los procesos políticos... La cultura política es expresión de nuestras prácticas y vivencias concretas con el ejercicio del poder público en sus distintas expresiones, pero, al mismo tiempo, es un factor que influye en nuestras formas de actuar y participar en la vida pública” (PESCHARD, 2019). Pero en este caso se trata de cultura democrática que está relacionada con la convivencia; es decir, una forma de interacción cotidiana entre el Estado y la ciudadanía, y entre los ciudadanos entre sí, que implica la participación de la población y que procura “hacer que los habitantes de un lugar sean, cada vez más, sujetos sociales con capacidad para transformar el medio en que viven y con capacidad de control sobre los órganos políticos y administrativos (GUILLÉN Y COL., 2009).

            Estos conceptos conducen a una definición aún más precisa, que puede denominarse como  cultura de la ciudadanía o cultura cívica y que es “viable solamente en una democracia, que es la que instituye derechos para la apertura del campo social a la creación de derechos reales, a la ampliación de los derechos existentes y a la creación de nuevos derechos… fortaleciendo la convivencia, intensificando las libertad y la solidaridad, fortaleciendo las capacidades humanas, la exigencia y ejercicio de los derechos, la integración, la igualdad social, y la voluntad de participar en los asuntos públicos, generando acuerdos que tramitan los conflictos de manera creativa a partir de diálogos de saberes” (CHAUI, 2008).

            De acuerdo con Almond y Verba (1970) una democracia estable se logra en sociedades donde existe esencialmente una cultura política que debe complementarse con una cultura cívica, que supone la existencia de individuos activos e interesados, pero, al mismo tiempo, responsables y solidarios. Esta cultura cívica, necesaria para una buena ciudadanía y una democracia estable, se logra a través de un proceso educativo, “de un proceso de aprendizaje e interiorización de valores, símbolos y actitudes frente a la política, de larga duración y mucho menos directo, formal y cognoscitivo que el aprendizaje escolar. Se trata de un proceso eminentemente cultural en la medida en que intenta insertar al individuo en su sociedad al hacerlo partícipe del código de valores y actitudes que en ella son dominantes” (PESCHARD, 2019).

            En este proceso educativo deben intervenir todas las instituciones del país; es decir, escuelas, liceos, universidades, instituciones militares y policiales, empresas públicas y privadas, iglesias y redes de apoyo familiar, partidos políticos e instituciones de gobierno y, principalmente, medios de comunicación social. La tarea es hacer masivo el mensaje, crear y practicar un modelo de vida, una conducta cívica en la que los valores como el respeto, la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad y la empatía sean el soporte para una vida de libertad, se trata de una tarea de conjunto que debe partir de la convicción profunda de los beneficios que conlleva el desarrollo de una cultura política democrática.

            Víctor Martín señala que es “particularmente desde la educación y la política – que, como afirmaba Aristóteles, van de la mano a la hora de construir polis: es decir, convivencia – se plantea con fuerza la necesidad de desplegar esfuerzos reflexivos, estrategias creativas y prácticas efectivas para construir cultura de paz que posibilite convivir en la diversidad” (MARTÍN, 2008).

           Martín da fundamental importancia a la educación para “la construcción de sí mismos en un esfuerzo de humanización” que posibilita la convivencia, destacando el conocimiento para que las personas puedan comprender por qué y cómo convivir y para qué hacerlo. “Ello equivale a valorar lo que se busca cuidar”.

            Esta construcción de sí mismos está estrictamente relacionada con la personalidad humana, a la visión que cada quien tiene de la vida y a su modo de actuar. Para construir un sistema de convivencia efectiva debe partirse, entonces, del fomento de esta cultura cívica en cada persona, de elevar la visión de vida de cada uno, de educar a los miembros de la sociedad para que, en conjunto, valoren la vida de calidad.

            Esto conlleva un tipo de educación para el desarrollo de una inteligencia que ha tomado auge en los últimos tiempos dados sus buenos resultados: la inteligencia emocional. Uno de los precursores en este campo, Daniel Goleman, destaca lo siguiente: Si el desarrollo del carácter es la base de las sociedades democráticas, consideremos algunas de las maneras en que la inteligencia emocional puede apoyar este fundamento (GOLEMAN, 1995). En su libro, La Inteligencia Emocional, este investigador destaca el valor que el Mercado está dando a estos conceptos para el éxito en el trabajo, pero hace especial hincapié en la necesidad de educar emocionalmente a niños, jóvenes y adultos en este aspecto tan fundamental en cada persona para conducirnos efectivamente en la sociedad.

            Según Víctor Martín, la ética, formadora de este carácter, profundiza en el campo de la racionalidad, dentro del cual aspira a convertirse en el saber que guíe la acción humana. “En cuanto virtud intelectual y moral, perfecciona la actividad decisional fundada en la razón. A través de la razón práctica, que guía el obrar, se cumple la comprensión y valoración de los fines, las posibilidades de actuación y la relación con acciones anteriores” (MARTÍN, 2007).

            Para Adela Cortina (2013) los fundamentos éticos no son elementos de una filosofía contemplativa, sino un asunto práctico, que rinde beneficios. “Las empresas han descubierto que la confianza es rentable” y que tener buenos profesionales, formados con inteligencia emocional, “funciona en su cuenta de resultados”.

 

Bibliografía

ALMOND, Gabriel y VERBA, Sidney (1970). La cultura cívica. Estudio sobre la participación política democrática en cinco naciones. Fundación de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada. Madrid.

CHAUI, Marilena (2008). Cultura y Democracia. Cuadernos de pensamiento crítico latinoamericano Numera 8/ Junio de 2008

CORTINA, A. (2013). ¿Para qué sirve realmente la ética?  Paidos. Madrid, España

GUILLEN, Alfonso, Sáenz Noel,  Mohammad Badii y Jorge Castillo (2009). Daena: International Journal of Good Conscience. 4(1): 179-193. Marzo 2009. Origen, espacio y niveles de participación ciudadana.

GOLDMAN, Daniel (1997). La Inteligencia Emocional, Javier Vergara Editor, Buenos Aires.

MARTÍN Fiorino, Víctor (2007). Ética, educación y construcción de convivencia. Revista Educación en Valores. Universidad de Carabobo. Julio-Diciembre 2007 Vol. 2 Nº 8

PESCHARD, Jacqueline (2019). Cultura política. Cuadernos de divulgación de la cultura democrática INE. México.

 

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