Ética y Política

 

por Alexsandro M. Medeiros

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publicado en: set. 2021

versión en Portugués

 

“Ceux qui voudront traiter séparément la politique et la morale n'entendront jamais rien à aucune des deux”

(aquellos que quieren tratar la política y la moral por separado nunca entenderán nada sobre ninguno de los dos)

Jean-Jacques Rousseau

 

            La relación entre ética y política ha adquirido formas y valores muy diferentes a lo largo de la historia humana, a partir de una fuerte relación entre ética y política en la antigüedad, una ruptura entre ellas en el Renacimiento y la modernidad temprana, una crisis de valores característica de la contemporaneidad, hasta una propuesta actual de acercamiento entre ellos.

Como es evidente, en la historia de la cultura occidental existen diferentes teorías sobre la relación entre ética y política, algunas de las cuales afirman la compatibilidad, o también la convergencia, o directamente la identidad sustancial de los dos términos; otros afirman divergencia, incompatibilidad o directamente antagonismo (BOVERO, 1992, p. 141 – traducción nuestra).

           Se trata de esta intrincada relación que discutiremos a lo largo de este texto. Antes de continuar, puede resultar interesante para el lector tener una comprensión más precisa del concepto de ética y, por ello, nos remitimos, si lo desea, antes de continuar, a la lectura del texto: O que é ética. De lo contrario, sigue leyendo

Ética y política a lo largo de la historia

            Un rasgo característico de la ética en la antigüedad es su inseparabilidad de la política. Desde Platón y su discípulo Aristóteles, la idea de constitución de la polis está impregnada del principio de que la ciudad debe ser gobernada por gobernantes sabios, justos y virtuosos. Es de Aristóteles, por ejemplo, la afirmación de que el hombre es un animal político: zoon politikon. “Es un hombre que está esencialmente destinado a vivir juntos en la polis y sólo entonces se da cuenta de sí mismo como un ser racional. Es un zoon politikón porque es exactamente un zoon logikón, donde la vida ética y la vida política son artes de vivir según la razón” (LIMA VAZ, 2004, p. 38-39 apud PANSARELLI, 2009, p. 13 – traducción nuestra). Y Corrêa (2011) afirma que en la polis griega el ciudadano sólo es reconocido como tal después de su inserción en la comunidad política y la razón práctica que guía la acción del ciudadano griego está íntimamente ligada al ethos “[...] entendido como un conjunto de tradiciones, costumbres y valores propios de la vida en la polis” (CORRÊA, 2011, p. 77 – traducción nuestra) y, en el caso de Aristóteles,“ [...] las nociones de ética y política se completan en el teoría de la justicia” (id., 2011, p. 77 – traducción nuestra).

            De hecho, en la polis griega, tanto el estudio de la ética como la constitución de la polis (de la política) sientan las bases para el comportamiento justo del individuo y del ciudadano. Platón (1993) incluso compara la idea de justicia, tanto en el individuo como en la sociedad, como la armonía entre sus partes. Esta doble perspectiva aparece al comienzo de La República de Platón, a partir del Libro II, cuando afirma que el hombre justo no se diferenciará en nada de la ciudad justa y será semejante a ella (435b). Según Del Vecchio (1925, p. 14) se fusionan las normas morales y legales, la política y la ética, incluida la psicología, es decir, la vida interior del individuo y las relaciones sociales.

Este vínculo entre el individuo y la polis, si ya hay una cierta simetría en Platón, se radicaliza en Aristóteles, que se ocupó predominantemente de la justicia en el libro V de la Ética a Nicómaco. John Morrall asegura: [...] como Platón en la República, Aristóteles ve una analogía entre la vida de la polis y la vida de la familia, y establece similitudes entre las formas en que las familias y los estados pueden gobernarse [...] (1981, p. 45 apud CORRÊA, 2011, p. 78 – traducción nuestra).

            La concepción de justicia para los griegos establece una relación directa entre ética y política, tanto para Platão como para Aristóteles, ya que la justicia (dikaiosýne) es también virtud (areté). La justicia es tanto el orden de la comunidad de ciudadanos como la virtud individual que consiste en discernir lo que es justo o injusto.

            Para el filósofo griego Aristóteles, si la ética es una condición de autorrealización del individuo o, más precisamente, una vida virtuosa basada en la razón, lo mismo puede decirse de la política, que es la condición de autorrealización de la polis y ambos no están separados, al igual que el individuo y el ciudadano no están separados. “Para Aristóteles, la ética alcanza su plenitud en el mundo de la política. Es a través de la ética que el individuo se convierte en un buen ciudadano. Por tanto, la relación entre la política desde la Grecia clásica, se trata bajo la misma perspectiva” (GUIMARÃES, 2013, p. 130-131 – traducción nuestra). Para Aristóteles hay “un vínculo indisoluble entre ética y política. El filósofo entiende que la moralidad es efectiva en la vida política, de esta manera, solo en la polis es posible que el hombre se realice desarrollando virtudes éticas” (GUIMARÃES, 2013, p. 131 – traducción nuestra).

            Según MacIntyre (2001), el proyecto individualista del liberalismo moderno sería profundamente ajeno a los pensadores griegos que daban por sentada la premisa de que la libertad se ubica sobre todo en el ámbito político (ARENDT, 1981) y por tanto Aristóteles afirmará que quien no fuere capaz o no siente la necesidad de asociarse en comunidad o es una bestia o es un dios (ARISTÓTELES, 1998, 1253a 25 – traducción nuestra). Sólo en la polis, en la vida en comunidad, se puede alcanzar la felicidad (eudaimonia) y el bien, el fin último de la existencia humana (HIRSCHBERGER, 1969). No existe la acción ética o virtuosa fuera de la polis.

Y así, de la misma manera que, en Política, Aristóteles escribió: El propósito y objetivo de la ciudad es la buena vida, y esas instituciones proporcionan ese fin (Pol., 1280 b 40); el filósofo tampoco dejó de señalar que es necesario concluir que la comunidad política existe gracias a las buenas acciones, y no simplemente a la vida en común (Pol., 1281a1) (apud CORRÊA, 2011, p. 80 – traducción nuestra).

            Otro filósofo antiguo en el que encontramos una estrecha relación entre ética y política es el romano Marco Túlio Cícero, que vivió entre 106-43 a. C. y fue una figura destacada en la Política y el Derecho romanos. Cicerón fue un ardiente defensor de la República Romana, alrededor de la cual entiende que esta República debe estar fundada en los valores tradicionales romanos, en la razón correcta y en valores morales que deben seguirse con determinación, autocontrol y deber. El ciudadano que cumple con sus deberes es quien aplica estos principios en la República. Por eso el deber tiene una importancia fundamental para el filósofo que dedicó un libro al tema: Sobre los Deberes. En esta obra, Cicerón “formula los valores políticos y éticos de la sociedad romana, desde su punto de vista como hombre de Estado” (CONEGLIAN, 2012, p. 70 – traducción nuestra). Los deberes para la vida pública incluyen valores como la honestidad, la sabiduría, la justicia, la firmeza y la moderación. Por otro lado, el ciudadano virtuoso debe alejarse del lujo, la riqueza, la codicia, la envidia. Merece destacarse la virtud de la justicia, sumamente importante para la vida en comunidad, ya que determina el comportamiento social. La obligación de ser justo tiene implicaciones civiles y sociales, ya que ser justo conduce a la justicia en la organización de la República.

            Por tanto, los griegos no tenían esta visión que separa la ética de la política como si la primera fuese del ámbito individual y la segunda exterior al individuo y ambas tratadas por separado: “[...] en la polis griega, el ciudadano, en sí mismo, es reconocido como tal sólo desde su inserción en la comunidad política” (CORRÊA, 2011, p. 83 – traducción nuestra). Además, solo en la polis es probable que se alcance la felicidad (eudaimonia), y en la relación entre la vida individual y la vida comunitaria, una es condición para la plena realización de la otra y viceversa.

            Para Alasdair Macintyre (2001) fue el liberalismo moderno el que rompió los lazos con la polis, con la comunidad política y enfatizó la dimensión humana del individualismo. Pero incluso antes del liberalismo moderno, una ruptura aún mayor entre la ética y la política fue promovida por uno de los más grandes pensadores italianos del Renacimiento y de los primeros períodos de la modernidad: el que es considerado precisamente el padre de la ciência política, Nicolau Maquiavel.

Hasta principios del siglo XVI, la política y la moral no eran campos separados; por el contrario, fueron tratados de manera indistinta, con valoraciones de hechos políticos afectados por juicios de valor. Algunas obras revelaron la reducción total de la política a la moral, como se puede ver en La Educación del Príncipe Cristiano, de Erasmo de Rotterdam, un libro publicado en 1515, en el que Erasmo esboza el perfil del buen príncipe, enfatizando la relevancia de la magnanimidad, de la templanza y la honestidad, en fin, los atributos definitorios de la rectitud moral del soberano. Maquiavelo rompe con esta forma de subordinación de la política a los dictados de la moral convencional y afirma que la política tiene una lógica propia y razones que no siempre son compatibles con los principios establecidos por la tradición (DINIZ, 1999, p. 61 – traducción nuestra).

            Al rechazar los sistemas utópicos de la filosofía griega y buscar la verdad efectiva de los hechos (MAQUIAVEL, 1999, cap. XV), Maquiavel promueve una cierta ruptura entre el campo del deber ser (determinado por la ética) y la realidad de los hechos que es el objeto de estudio de la política. La principal preocupación de Maquiavelo es el Estado: no el Estado ideal imaginado en la República de Platão o en las utopías de filósofos renacentistas como Thomas Morus e Tommaso Campanella, sino el Estado real, concreto, siguiendo el camino inaugurado por historiadores antiguos como Tácito, Polibio, Tucídides y Titus Livio. Al desvincular el Estado ideal del Estado real, Maquiavelo defiende la autonomía de la política en relación con la religión y la moral cristiana y promueve una ruptura entre aquello que es y lo que debería ser (SADEK, 1995, p. 17-18). “Maquiavel reivindica la irreductibilidad y autonomía de la política, la política como campo específico del conocimiento, exigiendo un enfoque igualmente específico, distinto de la moral, la ética y la religión” (DINIZ, 1999, p. 60 – traducción nuestra). El análisis político debe ceñirse a la realidad concreta de los hechos, guiarse por los aspectos objetivos y reales que existen en la sociedad, y debe desprenderse de las consideraciones morales y religiosas sobre cómo debe ser la sociedad y de los criterios evaluativos expresados ​​en un plan ideal. El argumento de Maquiavelo consiste “[...] en admitir que la perspectiva del individuo y la perspectiva del Estado son distintas y que lo que es bueno para el individuo no siempre es igualmente adecuado para el Estado. Se trata de dos sistemas de juicios que no necesariamente son coincidentes” (DINIZ, 1999, p. 61 – traducción nuestra).

            Sin embargo, cabe señalar que Maquiavelo no aboga por el rechazo de los principios éticos. Solo defenderá la autonomía de la política en relación a la ética y que, si es necesario, un Príncipe debe aprender a saber utilizar dispositivos estratégicos que entren en conflicto con la moral cristiana, por ejemplo, si quiere permanecer en el poder. La ética maquiavélica tiene características diferentes a la tradición cristiana, de alguna manera determina la conducta del príncipe, pero no es una condición necesaria de la organización política ya que, dependiendo de la situación, un príncipe debe saber actuar por ley o por fuerza, y debe emplear adecuadamente al hombre y al animal (MAQUIAVEL, 1999). “Podemos recordar el consejo que da a los príncipes, en el cap. XVIII, enfatizando que deben combinar a la vez las cualidades del león y el zorro, es decir, fuerza y ​​astucia, si quieren tener éxito en la conducción de los negocios del Estado” (DINIZ, 1999, p. 60 – traducción nuestra).

            La cuestión de la relación entre ética y política, para que se entienda mejor en la obra de Maquiavelo, debe tener en cuenta El Príncipe y los Discursos de la primera década de Tito Lívio, porque la visión de un Maquiavelo frío y analista, “preceptor de tiranos”, que separó la praxis política de toda moral, se basa principalmente en la primera obra, mientras que en la segunda tenemos a un defensor de los valores republicanos que parece distanciar a Maquiavelo de la imagen “maquiavélica”.

            No se trata tanto de una separación entre ética y política, sino de considerar la autonomía de la política en relación con la ética y que la política tiene una moral propia que puede no coincidir con los valores de la tradición.

          El tema, señalado por Guimarães (2013), por ejemplo, tiene que ver con la imposibilidad de conciliar la ética religiosa (especialmente cristiana) o los principios morales universales con la política: “Los principios morales universales y las valoraciones éticas a priori no pueden determinar la acción política” (GUIMARÃES, 2013, p. 150 – traducción nuestra). Y aún así: “El gobernante que se niega a tomar decisiones que contradicen la moral privada [del cristianismo] termina comprometiendo todo el bien que se necesitaba lograr” (id., Ibidem, p. 150 – traducción nuestra).

            Maquiavelo desplaza la atención del agente moral hacia el resultado de sus acciones y la medida correcta para el juicio de la acción política es la búsqueda del resultado (en este sentido, podemos decir, aunque esta frase no se encuentra literalmente en la obra de Maquiavelo, que el fin justifica los medios): “ningún sabio censurará el uso de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república” (MAQUIAVEL, Discorsi, I, 09 apud GUIMARÃES, 2013, p. 151 – traducción nuestra). O: “El príncipe, por tanto, debe cuidar de ganar y mantener el estado: los medios siempre serán juzgados honrados y elogiados por todos” (MAQUIAVEL, 2001, XVIII, p. 85 – traducción nuestra).

        En el mundo de la política, la obediencia a los valores éticos universales o la moral cristiana, por ejemplo, puede ser un impedimento para el logro de determinadas metas, por ello, concluye Guimarães (2013, p. 151 – traducción nuestra): “para Maquiavelo la política tiene sus propios caminos éticos. En política se pueden permitir actos que no serían aceptados en ninguna otra relación entre hombres, según el propósito de la acción y las circunstancias para llevarla a cabo”.

          En cualquier caso, con la "ruptura" promovida por Maquiavelo, la ética se aleja cada vez más del campo de la política y los filósofos modernos y contemporáneos tratan cada vez más la ética de forma autónoma e independiente de la política, pero no sin excepciones, como el caso del filósofo de la Ilustración francesa, Jean-Jacques Rousseau, o los filósofos Hegel y Habermas: el primero a finales del siglo XVIII y principios del XIX y el segundo en el siglo XX.

 

Ética y Política Hoy

            Si bien no siempre hay convergencia entre prácticas políticas y principios morales, es un hecho hoy que la sociedad en general está cansada de tantas noticias que involucran escándalos de corrupção y actitudes que no son consistentes con nuestros representantes políticos (tanto en el ámbito del poder executivo como en el legislativo). y exige una sociedad más justa, en el mismo sentido que, desde la antigüedad, Platão y Aristóteles ya han destacado el importante papel que debe jugar la justicia para la vida en sociedad. En uno de sus discursos como candidato a la presidencia de la República, Rui Barbosa afirmó: “Toda política debe estar inspirada en la moral. Toda la política debe emanar de Moral. Toda política debe tener la Moral por  norte, brújula y ruta” (apud NOGUEIRA, 1993, p. 350 – traducción nuestra). Además, “la intensa crisis política en el país requiere que haga algunas reflexiones sobre el problema de la ética en la política” (CHERCHI, 2009, p. 15 – traducción nuestra).

           Para algunos, existe una incompatibilidad ineludible entre la ética y la política y ambas deben considerarse en dominios opuestos. Para otros, “[...] existe una fuerte expectativa, particularmente en los regímenes democráticos, de que los gobernantes se conduzcan con criterios de probidad y justicia en la administración de los asuntos públicos” (DINIZ, 1999, p. 57 – traducción nuestra). En todo caso, es necesario considerar que el ámbito de la esfera política no puede reducirse al universo de la ética y la moral, pues como afirma Frota (2012, p. 14 – traducción nuestra): “Los valores políticos trascienden los valores éticos y el universo de la política no se puede confundir con la ética”.

            Tanto la ética como la política son temas de una larga tradición de pensamiento filosófico y continúan impregnando nuestra realidad contemporánea por una razón muy simple: no hay forma de pensar la vida en una sociedad sin valores morales y sin organización política. La pregunta es: ¿están relacionados los dos temas o deberían tratarse de forma independiente? Como hemos visto, a lo largo de la historia, los filósofos no siempre han tenido la misma opinión sobre el tema y aún hoy este tema es motivo de conflicto de ideas. Después de todo, ¿pueden la ética y la política converger? “¿Se puede hacer referencia a ambos al mismo término de comparación, o pertenecen a universos inconmensurables porque están muy distantes? Se puede responder de una forma u otra y articular la respuesta de muchas formas diferentes” (BOVERO, 1992, p. 143 – traducción nuestra). Para Cherchi (2009, p. 15 – traducción nuestra), "la ética en la política se refiere a la conducta de los ciudadanos investidos en funciones públicas, quienes como agentes públicos son responsables de mantener una conducta ética compatible con el ejercicio del cargo público para el que fueron elegidos".

            Finalmente, es de destacar que la sociedad contemporánea parece, de hecho, cansada de escuchar tantos escándalos en la política y la apatía e incluso la repulsión de muchos ciudadanos hacia la política son la consecuencia directa de la forma en que la política es conducida por nuestros gobernantes. Pero no todos los ciudadanos son pasivos ante los problemas que involucran a la clase política. Las manifestaciones más recientes de la población brasileña como las del año en curso o las de 2014 o 2013 así lo atestiguan. La sociedad está cada vez más dispuesta a movilizarse por la "moral pública". Escándalos de corrupção que involucran a los contratistas más importantes del país en la famosa operación Lava-Jato, los esquemas de corrupción conocidos como Mensalão, e incluso hace décadas, en el conocido "movimiento por la ética en la política" de 1992 que culminó con el juicio político del expresidente. Fernando Collor de Melo demuestra cuánto está dispuesta la población a salir a las calles si es necesario para acabar con la corrupção que azota a nuestro país. Sabemos que aún queda mucho por hacer y que la corrupção, quizás, difícilmente tendrá fin, ya que existen muchas formas de manipulación, uso y desvío de fondos públicos en beneficio de intereses privados y partidistas. Sin embargo, siempre hay en el corazón y la mente de hombres y mujeres una chispa de esperanza de que es posible vivir en una sociedad más justa y menos desigual. Y es este sentimiento el que nos anima y nos mueve hacia un futuro mejor.

 

Referencias Bibliográficas

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